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Me sobran al menos veinte minutos de las casi dos horas y media que dura la película, especialmente en su primera mitad. Sea o no verosímil o posible, no me cuadran al principio ni el personaje de Dominika Egorova, ni cómo la reclutan, ni cómo la forman para ser una espía rusa y aún menos algún despelote que sólo está ahí para dar un cierto morbo más que erotismo. En cambio reconozco que va de más a menos y que, gracias a los dobles juegos, sigo el final con interés y me gusta mucho que el director arriesgue y asuma un tipo de película con aroma de otra época porque más que al cine actual, siempre apoyado en la acción y en un ritmo frenético, y salvando distancias obvias, recuerda más a ese cine de espías de la guerra fría que se hacía antes como «El cuarto protocolo» o «El hombre de Makintosh«.

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