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Comienza la película y una cámara sigue pegada a su cogote a Dani (Mario Casas) uno chico que cuida en su casa a su abuelo, en estado terminal. Fundamentalmente esa es la propuesta, seguir sus andanzas en una montaña rusa de sucesos que tienen lugar durante unas cuantas horas, no muchas. No importa tanto que lo que ocurre sea verosímil, que te dan ganas de abofetear al personaje para que espabile, como presenciar la espiral en la que cae, un poco al modo de lo que Martin Scorsese hizo en una película superior y también extraña que se llamaba «¡Jo, qué noche!» (1985). La atmósfera inquietante en todo momento, el angustioso crescendo, la tensión agobiante y la locura que se apodera del personaje y le permite a Mario Casas ganar el Goya como mejor actor son los condimentos que hacen atractiva esta película para todos aquellos que disfruten con emociones intensas y situaciones rocambolescas y claustrofóbicas.