Ya hemos visto Avatar 3 Fuego y ceniza, de James Cameron, y a continuación os ofrecemos una reseña CON SPOILERS en la que Iñigo nos narra cómo fue la última, hasta la fecha, entrega de Avatar.
El cine del futuro que nos prometiera hace dieciséis años Avatar, ha acabado arrollando sin embargo en la dirección opuesta al futuro del cine. Pero entre tanto la primera y la tercera mayores taquillas de la historia, obtenidas por sus dos primeras entregas, avalan a esta tercera para seguir aferrándose al viejo Hollywood anterior a que la pandemia y las plataformas vaciaran las salas. Una saga de otra época, que se resiste inauditamente a explotar como franquicia, a la contra de una industria tan dependiente de los grandes eventos cinematográficos como empeñada en auto saboteárselos ella misma. La última gran superproducción original, y el ¿testamento? de James Cameron. Un cineasta genuinamente visionario, que a fuerza de hacer avanzar la tecnología y la misma narrativa del blockbuster, tal vez no haya logrado materializar ese futuro, pero sí la selva bioluminiscente que soñó y dibujó a los 19 años; la pesadilla tecnológica de Terminator; los aliens de las profundidades y el misticismo ecológico de Abyss; los marines espaciales y malvadas corporaciones interplanetarias de las que nos alertó en Aliens; o el naufragio del capitalismo en Titanic. Alimentando todas ellas a la que posiblemente sea la mayor saga de autor que acoja nunca la industria.

Cameron había declarado su intención de continuar Avatar desde 2006, y desde entonces nunca ha dejado de crecer. Anunció dos secuelas inmediatamente tras su apoteósico éxito, en 2009, que para cuando arrancó su rodaje conjunto en 2017, ya se habían extendido a cuatro. La cuarta y la quinta están actualmente agendadas para 2029 y 2031, cuando Cameron habrá cumplido ya los 77 años, lo que no le impide tantear ya incluso unas hipotéticas sexta y hasta séptima entregas. Si bien, la cinta original se retrasó casi una década desde su primera fecha de estreno, al igual que después estas dos primeras secuelas, para desarrollar y seguir haciendo progresar su tecnología. Proporcionalmente a la ambición del proyecto, pasando de firmar la primera cinta James Cameron en solitario, a hacerlo junto a Rick Jaffa, Amanda Silver, Josh Friedman y Shane Salerno en estas dos primeras secuelas, planteadas ya como una serie desde la misma sala de escritores. Una producción mastodóntica y aparentemente inmune a los vaivenes de la industria, desde la compra de su productora, hasta los retrasos de la pandemia y las huelgas, con un presupuesto acumulado entre estas tres primeras entregas de alrededor de 1.000 millones de dólares. Aunque Cameron asuma como completa su narración, si no lograra rentabilizar la tercera lo suficiente como para continuarla.

Porque El sentido del agua y Fuego y ceniza forman en esencia una única película. Ciertamente redundante, pero eso también era parte de lo que hacía tan inmersiva a la primera Avatar, que al verla en piloto automático nos permite recrearnos en la experiencia visual y su construcción de mundo. Cameron siempre ha abusado de los tópicos, al extremo de tener que afrontar frecuentes acusaciones de plagio. Lo cuestionable era apoyarse en clichés como el buen salvaje y el salvador blanco, que le perdonamos por su maestría y la magnitud del evento, pero ya resultaban anacrónicos para 2009. El sentido del agua debía establecer el nuevo escenario, aprovechando esos trece años para presentar una nueva generación de personajes, pero también para actualizar la metáfora de nuestro propio mundo. Si se trataba de explorar las guerras indias más allá de los precedentes de Bailando con Lobos y Pocahontas, ahora lo hace desde un gran colonizador que se examina a sí mismo, también ante su propio temor a su mismo colapso, que aún no tenía en 2009. Y llevando por fin a Fuego y ceniza a invertir algunos de esos lugares comunes, comenzando por el racismo inverso de los hasta ahora idealizados Na’vi. En particular de una Neytiri (Zoe Saldaña) que se había visto excesivamente relegada a su papel de madre.

El gran paso adelante debían darlo los adolescentes, encabezados por el hermano superviviente, Lo’ak (Britain Dalton), más la incógnita de Kiri (Sigourney Weaver) y la ruptura de tener que devolver a su entorno humano a Spider (Jack Champion). Si bien adolecen de los mismos tópicos que los personajes adultos, Cameron sigue aprovechando todo ese espacio vacío para despertar nuestro sentido de la aventura y de la maravilla. La llegada del nuevo clan Na’vi de los Comerciantes del Viento, apropiadamente reservados por la promoción para poder asombrarnos en el cine, y amortizando por si solos el sobreprecio del 3D, nos eleva a nosotros mismos con ellos. Si bien, esta vez se ahorra el documental antropológico intermedio, aunque fuera lo que más calara de los dos anteriores capítulos, porque repetirlo probablemente acabaría por revelar el truco. Lo interrumpe el brutal abordaje de un cuarto clan, el Pueblo de la Ceniza que ya nos anunciaba el título, en una de las más asombrosas set pieces de acción de toda la era digital, y de la carrera de Cameron. Quiebra el tono de toda la saga, cediéndole momentáneamente el mando al cada vez más salvaje y menos comandante Miles Quaritch (Stephen Lang), en su versión deformada del propio viaje de Jake Sully (Sam Worthington). Ya no para renacer, sino para apostatar de Eywa y del propio credo ecológico de Cameron, forjando un tercer bando nos remite más directamente si cabe al colonialismo y haciendo evolucionar al recombinante junto a la abismal Varang (Oona Chaplin), desequilibrando este particular Imperio contraataca hacia el Lado Oscuro.

Aunque sin ninguna escala de gris en el gran enfrentamiento de malos contra buenos, ni verdaderos personajes más allá de sus arquetipos, la trama nunca se para, pero solo se mueve en círculos. La acción se sale de la pantalla, podemos sentirnos literalmente dentro de su mundo, pero encaminarnos por tercera vez a una gran batalla final masiva casi se percibe como un peaje obligatorio, sin duda asombroso pero ya conocido. Hasta que la evolución de Spider fuerza a progresar también a Sully, y potencialmente a todo el statu quo de la saga. El elegido de Eywa, tal vez el cliché más manido de todos, resulta no ser Jesucristo, sino un nuevo Abraham que se niega a sacrificar a Isaac. El exilio de dos películas de Toruk Makto tal vez sea un rodeo excesivo para devolverlo al mismo punto de partida. Pero Cameron junto a su sala de guionistas han sabido trascender más allá del espectáculo visual, elevar la escala del conflicto, pero sobre todo acompañar realmente el viaje de sus protagonistas.

La doble revolución digital de las dos primeras entregas de Avatar logró sumergirnos en su asombrosa construcción de mundo. Sin un salto tecnológico equiparable, esta tercera logra en cambio algo mucho más difícil, que nos olvidemos que sus personajes están animados y aceptemos como reales ya no sus texturas, sino sus emociones, y sustituir nuestro asombro por empatía. Cameron, en definitiva, ya no sorprende, pero tampoco falla.








Me alegro que te haya gustado. A mí menos que cualquiera de las que he citado, pero no está mal