Hay algo profundamente fascinante en los superhéroes olvidados. No en los gigantes inmortales como Superman, Batman o Wonder Woman, que siguen dominando cines, camisetas y estanterías casi un siglo después de su nacimiento, sino en todos aquellos personajes extraños, ingenuos y maravillosos que aparecieron a su sombra y terminaron desapareciendo en los márgenes de la historia del cómic. «Los primeros superhéroes. Todos los personajes de la Edad de Oro del cómic norteamericano«, publicado por Diábolo Ediciones y escrito por Pedro Angosto, es precisamente una carta de amor a esos héroes perdidos. Y también un viaje apasionante a un momento irrepetible de la cultura popular donde todo estaba todavía por inventar.

Los primeros superhéroes. Todos los personajes de la edad de oro del cómic norteamericanoCapitán América, Batman, Superman o la Antorcha Humana son nombres familiares para todos. Pero ¿quién recuerda a Fighting Jack, Pyroman, Radior, Magno, Green Lama o Phantasmo? Tras el éxito arrollador de Superman, numerosas editoriales estadounidenses se lanzaron a crear y publicar nuevos superhéroes, muchos de los cuales han caído en el más absoluto olvido.

«Los primeros superhéroes«, del especialista Pedro Angosto, cuenta con un prólogo de la leyenda del cómic Roy Thomas, casi nada, y recorre las primeras apariciones de los héroes de la Edad de Oro, desde finales de los años treinta y cuarenta hasta mediados de los cincuenta del siglo pasado. En estas páginas vamos a descubrir los -en muchos casos- estrafalarios orígenes de sus poderes, así como las editoriales que los publicaron y los autores que les dieron vida, con especial atención a su participación durante la Segunda Guerra Mundial.

Lo primero que consigue el libro es contagiar entusiasmo. Muchísimo entusiasmo. No estamos ante un ensayo académico distante ni ante una fría enciclopedia de datos, fechas y apariciones editoriales. Angosto escribe como escribe alguien que lleva media vida obsesionado con estos personajes, alguien que todavía disfruta encontrando un héroe absurdo con un nombre imposible y un origen delirante publicado en una editorial desaparecida hace ochenta años. Y esa pasión se nota en cada página. El libro tiene alma de coleccionista feliz, de lector veterano que quiere compartir descubrimientos con otros aficionados.

Porque sí, aquí aparecen Superman, Batman o el Capitán América, pero el auténtico protagonismo lo tienen nombres como The Fox, Captain FlagFighting Jack, Pyroman, Radior, Red Rube, Black Terror, Green Lama o Phantasmo. Personajes que hoy suenan casi inventados, pero que durante los años treinta y cuarenta llegaron a tener cierta popularidad entre millones de chavales estadounidenses. El gran mérito de Angosto está en tratarlos no como simples curiosidades retro, sino como piezas fundamentales de la evolución del género superheroico.

Y leyendo el libro uno entiende rápidamente que el nacimiento de los superhéroes fue mucho más caótico y salvaje de lo que solemos imaginar. La historia oficial siempre simplifica todo en torno a Superman como «el primero», pero la realidad era bastante más rica. Ahí estaban antes personajes como Doctor Occult o el mismísimo Fantasma de Lee Falk, todavía muy ligados al pulp, a las tiras de prensa y a la aventura clásica. Lo interesante es ver cómo todos esos elementos —los héroes mitológicos, el folletín, el Zorro, la Pimpinela Escarlata, los aventureros pulp y los detectives enmascarados— terminaron mezclándose hasta crear el ADN definitivo del superhéroe moderno.

El libro funciona especialmente bien cuando contextualiza aquella explosión creativa. La Edad de Oro del cómic nace en plena Gran Depresión y crece durante la Segunda Guerra Mundial. Y eso explica muchas cosas. Estados Unidos necesitaba héroes. Héroes simples, directos, idealistas. Personajes capaces de enfrentarse a gánsteres, científicos locos, saboteadores nazis o espías japoneses con una claridad moral absoluta. Angosto insiste mucho en esa idea de los héroes «de una pieza», y probablemente tenga razón. Aquellos personajes no buscaban ser complejos psicológicamente ni moralmente ambiguos. Eran ideales con capa y antifaz. Defensores de la verdad, la justicia y los débiles. Y resulta curioso comprobar cómo, en tiempos donde casi todos los superhéroes modernos parecen traumatizados o cínicos, esos héroes inocentes vuelven a resultar refrescantes.

También hay algo muy divertido en la tremenda libertad creativa de aquella época. Las editoriales lanzaban personajes a una velocidad demencial intentando repetir el éxito de Superman. Algunas ideas eran geniales. Otras completamente delirantes. Pero todas desprendían imaginación. Había héroes místicos, científicos radiactivos, vengadores patrióticos, detectives enmascarados, justicieros sobrenaturales y tipos fortísimos vestidos con colores imposibles peleando contra gorilas gigantes o esqueletos vivientes. El libro captura perfectamente esa sensación de laboratorio permanente donde nadie sabía todavía qué reglas debía tener un superhéroe.

Y luego está el apartado visual, que es una auténtica maravilla. Las reproducciones de portadas clásicas ayudan muchísimo a sumergirse en la época. Hay algo hipnótico y flipante en aquellas cubiertas exageradas, llenas de colores imposibles, poses teatrales y villanos grotescos. Muchas veces eran incluso mejores que las historias interiores. Pero precisamente ahí reside parte del encanto de la Edad de Oro: era un medio rápido, explosivo, ingenuo y completamente desacomplejado.

Otro de los grandes aciertos del libro es reivindicar no solo personajes olvidados, sino también editoriales y autores enterrados por el tiempo. Porque la historia del cómic suele reducirse siempre a DC y Marvel, pero aquí aparecen sellos como Fawcett, Quality, Nedor o Archie, que durante años construyeron sus propios universos superheroicos. Y también autores gigantescos como Will Eisner, Otto Binder, C.C. Beck o el legendario dúo Simon & Kirby. El prólogo de Roy Thomas no podría ser más apropiado, porque pocos autores modernos han amado tanto esta etapa histórica como él.

Quizá lo más bonito de Los primeros superhéroes sea precisamente esa voluntad de rescate cultural. Angosto no intenta vendernos que todos aquellos cómics fueran obras maestras. De hecho, reconoce que muchas historias eran repetitivas, infantiles y tremendamente simples. Pero eso no les resta valor histórico ni encanto. Aquellos personajes construyeron los cimientos de un género que hoy domina la cultura popular mundial. Sin ellos no existirían ni los Vengadores cinematográficos ni el Batman moderno ni prácticamente nada de lo que entendemos hoy por superhéroe.

Además, el libro deja una sensación curiosa: la de que todavía quedan muchísimas historias por recuperar. Muchos de estos héroes están ya en dominio público y continúan inspirando reinterpretaciones, homenajes y pastiches. Y eso conecta muy bien con la propia trayectoria de Angosto, que lleva años reivindicando y homenajeando este tipo de personajes en sus propios cómics.

Al final, lo que transmite «Los primeros superhéroes. Todos los personajes de la Edad de Oro del cómic norteamericano» es amor por el medio. Amor sincero por una época desbordante de imaginación donde cada mes podía aparecer un héroe nuevo vestido con mallas imposibles dispuesto a salvar el mundo. Y sinceramente, cuesta no dejarse arrastrar por ese entusiasmo. Porque después de leer estas páginas entran ganas de rebuscar viejos tebeos, descubrir héroes olvidados y volver a creer, aunque solo sea durante un rato, en aquellos ideales enormes y luminosos que defendían los primeros superhéroes. Cosa complicada, todo hay que decirlo. No tanto si uno es millonetis.

Los primeros superhéroes. Todos los personajes de la edad de oro del cómic norteamericano
Autor: Pedro Angosto
Fecha de publicación: Diciembre de 2025
ISBN: 9791387995157
Formato: 17x24cm. Cartoné
Páginas: 268
Precio: 27,95 euros