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Corría el año 1986 cuando el director neoyorkino Martin Scorsese reunió en «El color del dinero» a un veterano Paul Newman, en plena madurez interpretativa, con un aspirante a sustituirle en el Olimpo de Hollywood, el emergente Tom Cruise, en la continuación tardía de esa magnífica película que era «El Buscavidas» (1961), de Robert Rossen. Este relevo generacional, curiosamente, es doble, pues la propia historia del film articula y refleja esta misma idea de transmisión y legado.

La historia de «El color del dinero» («The color of money«), basada en la novela homónima de Walter Tevis y convertida en un guion cinematográfico por Richard Price, nos presenta a Eddie Felson, un antiguo campeón de billar, que vive retirado de todo ese mundo y se dedica a sus negocios de licores. Un día, en una sala de juego, conoce a Vincent Lauria, un joven también jugador de billar, en quien se ve reflejado y a quien decide guiar, no sin conflictos.

El resultado de la propuesta fue más que notable, pese a que sea una de las secuelas más improbables e inesperadas de la historia del cine, y con ella Paul Newman consiguió, entre bola de billar y bola de billar, un Óscar a mejor actor, tras seis nominaciones, que hubiera merecido bastante antes. De hecho el año anterior había recibido un Óscar honorífico, pero el de «El color del dinero» era de verdad, no de consolación.

Cuenta la historia que, años antes y mientras preparaba el proyecto que le había propuesto el mismo Newman, Scorsese observó que uno de los personajes secundarios de «El Buscavidas» estaba interpretado por el exboxeador Jake LaMotta. Indagando en su azarosa vida, y tras leer su autobiografía, decidió impulsar la que luego sería una de sus mejores películas: «Toro Salvaje» (1980), convertida hoy en un clásico indiscutible del cine contemporáneo.

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Where to watch El color del dinero