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Decir que «Los Pecadores» es una versión de «Abierto hasta el amanecer» a ritmo de blues sureño, cambiando mexicanos por afroamericanos, es quedarse muy corto… pero también es cierto que, en esencia, es exactamente eso. Sobre todo por ese giro de guion inesperado a mitad del metraje que transforma radicalmente el tono de la narración. Sin embargo, «Los Pecadores» es mucho más, pues se ha convertido en la película más nominada en la historia de los Oscar, con dieciséis candidaturas a las estatuillas doradas, rompiendo el récord que ostentaban «Eva al desnudo» (1950), «Titanic» (1997) y «La La Land» (2016), con catorce nominaciones.
Protagonizada por Michael B. Jordan, Hailee Steinfeld, Wunmi Mosaku, Jayme Lawson, Omar Benson Miller, Delroy Lindo y Jack O’Connell, la película está ambientada en la América segregada de la década de 1930, durante la Ley Seca y la Gran Depresión. «Los Pecadores» («Sinners«) nos cuenta la historia de dos hermanos gemelos, Elijah «Smoke» y Elias «Stack» Moore, quienes, tratando de dejar atrás su pasado trabajando para la mafia en Chicago, deciden volver a su pueblo natal en Mississippi para empezar de nuevo, abriendo un negocio con música, alcohol y juego para la comunidad negra. Su primo menor, Sammie, aspirante a guitarrista, se une a ellos. Sin embargo, ninguno de ellos espera el mal, de colmillos afilados, que terminará acechándolos. Lo que comienza como un relato de redención deriva, progresivamente, hacia una pesadilla de tintes sobrenaturales.
Esta propuesta de Ryan Coogler, séptimo director negro nominado al Oscar a la mejor dirección (tras John Singleton, Lee Daniels, Steve McQueen, Barry Jenkins, Jordan Peele y Spike Lee), es muchas películas en una; una mezcla de géneros que, sorprendentemente, funciona. Es, al mismo tiempo, un cuento de terror muy sangriento y una oda a la música sureña; un melodrama de raíces negras; una película de vampiros con toques de crítica social que habla de miseria y racismo; y también una pizca de cine negro con gánsteres. Todo ello sostenido sobre una impecable banda sonora repleta de música sureña, pero también irlandesa, que actúa como puente cultural y como motor dramático del relato. La música de Ludwig Göransson no es aquí mero acompañamiento: es identidad y memoria.
«Los Pecadores» funciona, y eso tiene mucho mérito. En otras manos, esta mezcla de géneros habría resultado desordenada, forzada e incoherente; pero la habilidad de Ryan Coogler consigue que el film fluya y entretenga a un espectro amplio y diverso de espectadores. Sus aromas a Walter Hill, a «Abierto hasta el amanecer» y a «El color púrpura» son reales, ecos conscientes de una tradición cinematográfica que dialoga con el pasado para reformularlo.
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Interestellar y La llegada son otros rollos, no tienen el ritmo de Project Salvation, son muy lentas y la primera…