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Película tremendamente sobrevalorada, aunque con un tramo central excepcional, «2001: Una odisea del espacio» es el gran referente de las películas de ciencia ficción del siglo XX junto a «Star Wars«. También es responsable de que el género adquiriera cierto prestigio, ampliara su horizonte de oportunidades y lograra salir del agujero de la serie B y Z al que había sido relegado. Pero insistimos: no es ni la obra maestra tantas veces reivindicada ni la mejor película de un director inmenso como fue Stanley Kubrick. Sin duda, uno de los cineastas más influyentes del siglo XX. A lo largo de su carrera, el excéntrico, controlador, meticuloso y perfeccionista Kubrick demostró con su filmografía un dominio técnico y narrativo abrumador, con un estilo único y reconocible que, además, ofrecía al espectador profundas reflexiones sobre la condición humana y sus miserias. «2001: Una odisea del espacio» es, seguramente, una de sus películas más representativas.
Adaptación del relato corto «El centinela«, de Arthur C. Clarke (quien también participó como coguionista junto a Stanley Kubrick), y protagonizada por Gary Lockwood, Keir Dullea, Leonard Rossiter, Margaret Tyzack, Robert Beatty y William Sylvester, «2001: Una odisea del espacio» («2001: A Space Odyssey«) llegó a los cines en 1968 tras cuatro años de trabajo y más de 10 millones de dólares de presupuesto. Un año que, visto en retrospectiva, resultó ser uno de los más turbulentos de la historia contemporánea: el asesinato de Martin Luther King y de Robert Kennedy, la matanza de Tlatelolco en México, la Primavera de Praga en Checoslovaquia, la ofensiva del Tet en Vietnam o la revuelta estudiantil del Mayo del 68 en París lo demuestran. Pero «2001: Una odisea del espacio«, en cambio, era una luz de esperanza y una mirada a las estrellas. Un soplo de aire fresco en un año oscuro.
«He sido gran admirador de sus libros durante mucho tiempo y siempre he querido discutir con usted la posibilidad de hacer una excelente y proverbial película de ciencia ficción«, le decía Stanley Kubrick al escritor y científico Arthur C. Clarke en una carta que le envió en 1964. La historia cuenta que intercambiaron una intensa correspondencia durante años y acordaron que algún día trabajarían juntos. Cuando se reunieron por primera vez en Nueva York, Clarke y Kubrick avistaron un OVNI… o eso pensaron. Según la NASA, lo que debieron ver fue el satélite Echo 2, que por entonces orbitaba sobre la Gran Manzana. Sea como fuere, decidieron que aquello era una señal de que debían crear una historia de ciencia ficción. Clarke se encerró en el Chelsea Hotel, hogar habitual de autores de la generación beatnik, para escribir la versión novelada de la obra, tomando como punto de partida «El centinela«, que narraba el hallazgo de un tetraedro que, al ser descubierto por la humanidad, alertaba a los extraterrestres emitiendo una señal. En la versión final, la historia comienza hace millones de años, antes de la aparición del Homo sapiens, cuando unos primates, nuestros ancestros prehistóricos, descubren un enigmático monolito negro que los conduce a un estadio de inteligencia superior. Millones de años después, con la humanidad llegando más allá de la atmósfera terrestre, otro monolito, éste enterrado en la Luna, despierta el interés de los científicos. Por último, durante una misión de la NASA, una máquina dotada de inteligencia artificial llamada HAL 9000, encargada de controlar todos los sistemas de la nave espacial de camino a Júpiter, se rebela contra los tripulantes humanos de la Discovery.
La película de Stanley Kubrick ganó un Oscar por sus efectos especiales y recibió nominaciones a la mejor dirección, guion original y dirección artística. Los académicos vieron en ella cosas que la mayoría de los espectadores no. Muchos aplaudieron su ritmo, su misticismo, su concepción visual, su estética y su poesía; otros, en cambio, se aburrieron, no entendieron la mitad de lo que se les explicaba (que si el monolito, que si el psicodélico viaje a Júpiter del protagonista, que si el feto flotando en el espacio…) y la consideraron tan narcisista y pretenciosa como el propio Kubrick. Y es que «2001: Una odisea del espacio» no fue concebida como un producto de consumo sino como un ejercicio artístico.
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Así me gusta, que me pongas los dientes largos, jajaja