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La historia de Robin Hood ha sido contada miles de veces, de formas muy diferentes, y eso se debe a que no hay un personaje histórico real detrás del personaje legendario que encarnaba las demandas de justicia de las clases oprimidas en Inglaterra. Es un mito, cosa que permite darle la forma que cada uno desee. Las peripecias del arquero ladrón del bosque de Sherwood, acompañado por los miembros de su banda, siempre dispuesto a desvalijar a los recaudadores de impuestos del Sheriff de Nottingham y a cortejar a su amada Lady Marian, son una leyenda, un cuento sobre un justiciero que robaba a los ricos para entregar lo robado a los pobres, y ningún historiador ha conseguido identificar al misterioso bandido con algún personaje histórico concreto. Quizás fuese una amalgama de varios individuos distintos, de un ladrón carismático, un salteador de caminos o un criminal en fuga, o solo la invención de un escritor con mucha imaginación. Sí que está documentado que desde principios del siglo XIII hay leyendas y canciones en torno a Robin Hood, de tipo oral, y los primeros textos que se conservan sobre el personaje ya datan de mediados del siglo XIV.
Todos hemos visto y leído mil y una versiones de las aventuras de Robin Hood, el arquero del bosque de Sherwood que robaba el dinero a los ricos para entregárselo a los pobres durante el oscuro reinado del príncipe Juan I de Inglaterra y su secuaz, el Sheriff de Nottingham, y la versión cinematográfica de Richard Lester, que nos traslada a los años de madurez del héroe, es una de las mejores de todas ellas. Sobretodo por disponer de Sean Connery y Audrey Hepburn en los papeles protagonistas.
En «Robin y Marian«, nos trasladamos a los años posteriores a la derrota de las cruzadas del siglo XII, cuando Robin Hood y su viejo amigo Little John regresan a Inglaterra después de la muerte del rey Ricardo Corazón de León. A su regreso el viejo héroe pronto descubre que la nación vuelve a estar bajo el yugo del déspota Juan sin Tierra. El alcaide de Notthingham, antiguo adversario de Robin Hood, aún tiene el poder en sus manos y se encuentra al servicio de Sir Ranulf de Pudsey. Su bella amada, Marian es ahora una tranquila abadesa de un convento en las cercanía de Kirkly, donde vive retirada. Nada es como antes, ni volverá a ser como fue. Ella le recibe fríamente, pero su amor es aún profundo y, con los días, florece de nuevo. El pueblo oprimido de Inglaterra nuevamente se une a Robin para luchar otra vez contra la tiranía del malvado Rey Juan.
No ha habido jamás un amor más fuerte entre Robin y Marian que el de Sean Connery y Audrey Hepburn. Ni Douglas Fairbanks y Enit Bennett, Errol Flynn y Olivia de Havilland o Kevin Costner y Mary Elizabeth Mastrantonio. Tampoco la versión animada de Disney. Ellos son una historia de amor madura, de dos personas que han dejado atrás los mejores momentos de su vida y ahora, al final del camino, se reencuentran con la mirada crepuscular del gran Richard Lester como testigo del momento y la música de John Barry para acompañar su amor. La película contiene la declaración de amor más grande de la historia del cine: «Te amo. Te amo más que a todo, más que a los niños, más que a los campos que planté con mis manos, más que a la plegaria de la mañana o que a la paz, más que a nuestros alimentos. Te amo más que al amor, o a la alegría, o a la vida entera. Te amo más que a Dios«.
La película finaliza con la muerte de Robin Hood. Como explicó Richard Lester en su momento, «el título de la película debía haber aludido a la muerte de Robin Hood, pero ningún estudio quería comprar un filme que llevara la palabra muerte por bandera«. Así que el título se centró en los dos amantes a quien la vida arrebató una historia de amor merecida pero que ellos, al final, lograron alcanzar.
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Así me gusta, que me pongas los dientes largos, jajaja