De vez en cuando se encuentra por causalidad un libro, un cómic, una serie, una película que no esperabas que fuera a ser tan bueno. No sólo se disfruta del mero hecho de leerlo o visionarla, además está el goce de haber tenido éxito en eso a veces tan poco afortunado que es rastrear en el baúl de otros tiempos. Precisamente eso sucede con «La Colina«, una película absolutamente recomendable. No os la perdáis.

 

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Género: Drama, Bélica
País: Gran Bretaña
Reparto: Sean Connery (Joe Roberts), Harry Andrews (R.S.M. Wilson), Ian Bannen (Harris), Alfred Lynch (George Stevens), Ossie Davis (Jacko King), Roy Kinnear (Monty Bartlett), Jack Watson (Jock McGrath), Ian Hendry (Staff Sergeant Williams),
Michael Redgrave (Oficial médico),
Productor: Kenneth Hyman
Guión: Ray Rigby, R.S. Allen basado en su obra teatral
Fotografía: Oswald Morris
Música: Art Noel y Don Pelosi
Montaje: Thelma Connell
Fotografía: Oswald Morris
Duración: 123 minutos

Aunque está considerada casi unánimemente como una de las mejores películas de Sydney Lumet, no es “La colina” de las más conocidas de su autor, pues siempre se suelen citar antes “Doce hombres sin piedad” (1957), “Serpico” (1973), “Tarde de perros” (1975), “Network, un mundo implacable” (1976), “Veredicto final” (1982) o su última película y la más reciente “Antes que el diablo sepa que has muerto“ (2007). En cualquier caso se trata sin duda de una de esas películas que te engancha desde el principio y no te suelta hasta el final.

El argumento trata sobre una prisión británica al norte de África en una fecha indefinida en torno a la Segunda Guerra Mundial a la que envían a los soldados insubordinados o indisciplinados para “meterlos en vereda” mediante una intensa instrucción que incluye unos mortales ejercicios bajo un sol de justicia sobre una colina de arena construida dentro del recinto. En concreto la narración se centra en la llegada de cinco nuevos prisioneros entre los que destaca Joe Roberts (Sean Connery), un oficial que se negó a acatar una orden de ataque en la que perecieron todos sus compañeros y que se convierte en blanco de las iras del Sargento Williams (Ian Hendry), un tipo que parece disfrutar con el castigo físico a sus subordinados con la acquiesciencia de su superior, el Sargento Mayor Wilson (Harry Andrews).

La película es un valiente alegato que pone en tela de juicio los mecanismos de la jerarquía militar por cuanto el cumplimiento de una orden puede respetar los principios del ejército pero ir en contra de la lógica o de la humanidad. Como temas de fondo hay varios: la duda de si el fin justifica los medios cuando se trata de adquirir una disciplina, la idoneidad de la estructura jerárquica militar o las relaciones que se establecen dentro de un pelotón como metonomia de las que se establecen en la sociedad (el hecho de que uno de los cinco prisioneros, King (Ossie Davis), sea negro, está utilizado también para concienciar sobre el racismo). La película es por todo ello valiente y Sydney Lumet parece apuntar que no está en contra del sistema militar, pero que sí lo pone en duda por cuanto se basa en órdenes y no todos los hombres que las dan son ecuánimes. En realidad el gran tema de la película es el abuso de poder y el argumento lo desarrolla de manera magnífica.
Uno de los aspectos que más fuerza le dan a la película son los personajes. El Sargento Williams (Ian Hendry) es un claro precedente de tipos tan odiosos como el Sargento Hartman de “La chaqueta metálica” o el Amon Goeth de “La lista de Schindler”. Sus apariciones en escena provocan literalmente al espectador porque utiliza su posición de poder para someter a sus prisioneros de la celda 8, aunque el Sargento Mayor Wilson (Harry Andrews) no se queda a la zaga en un papel más odioso si cabe por cuanto hace la vista gorda a todos los desmanes siempre con la escusa de una disciplina que para nosotros, que conocemos todas las perspectivas como espectadores, resulta caprichosa y sui géneris. Los dos actores que los interpretan están soberbios.

No lo están menos los cinco detenidos, encabezados por un Sean Connery perfecto en su papel de Roberts, un oficial rebelde que no está dispuesto a obedecer órdenes fuera de toda lógica y por Ossie Davis, King, que padece todo tipo de vejaciones por ser negro y se une a la causa de Roberts. Junto a ellos Barlett y McGreeth representan la cobardía, el egoísmo, la traición; Stevens es la víctima propiciatoria y el argumento se completa con el jefe médico y el Sargento Harris, que es la antítesis de Williams. La crítica no obstante, más efectiva y despiadada que Lumet hace a través de un personaje es la del máximo responsable del correccional militar, un tipo que está preocupado sólo por las prostitutas, que ha perdido por completo el mando y que ignora qué ocurre entre los hombres a su cargo. Las interpretaciones de todo el elenco (la mayoría secundarios de lujo que hemos visto en infinidad de series y películas) son esenciales para que los mecanismos argumentales del guión funcionen y la película sea todo lo intensa que quería Lumet.

El director hace también un gran trabajo confeccionando su película como un drama psicológico en el que el blanco y negro de la fotografía, los primerísimos planos, los contrapicados y la posición de la cámara (a veces usando la técnica de la cámara en mano) son muy importantes para causar sensación de claustrofobia. Están también muy elaboradas las secuencias exteriores en el campo de entrenamiento, con elegantes movimientos cenitales como el que da inicio a la película y casi siempre luciéndose en los planos secuencia con numerosos extras de fondo ejercitándose, que es algo que aumenta notablemente la sensación de asfixia física que se quiere dar a entender. Otro aspecto del que se habla mucho sobre esta película es el tratamiento que se da al personaje de Williams, casi siempre con la cara oculta en sombras para enfatizar su malévola presencia. En general podríamos decir que Lumet desarrolla una dirección excepcional, adelantada a su tiempo. Pese al blanco y negro la película no resulta por ello “antigua” sino que los encuadres y las imágenes parecen modernos, actuales. Es una película para la que ha pasado muy bien el tiempo y no es de extrañar que ganara el premio a la mejor producción británica en aquel 1965.