Cada concierto es una historia, sensaciones diferentes y por así decirlo una aventura, una vivencia distinta y por eso no importa repetir con un grupo o un cantante porque nunca es igual que la vez anterior.

Zaragoza
Jueves 9/10/2008
Príncipe Felipe
22:00 horas
25 euros


En esta ocasión se trataba de ver a Manolo García en solitario después de haber visto allá por el 9 de octubre de 1990 a “El último de la fila” en un concierto mítico en la Romareda junto a Tina Turner del que guardo magníficos recuerdos y considero uno de los mejores que he visto.

Manolo García es además uno de esos cantantes que se lo dejan todo en el escenario y sólo por eso merece la pena verlo, incluso estando malucho y justo en el peor día de la gripe, en el que tus sentidos están embotados y no apetece otra cosa que postrarte en cama y dormir. En tales circunstancias no quedó más remedio que renunciar a vivir el concierto a pie de escenario y verlo en la grada, sentado y recogido, ajeno a sudores apasionados y palmas de acompañamiento, pero pese a todo se pudo disfrutar de un cantautor grande como pocos.

Creo que lo mejor de Manolo García, a parte de sus melodías y letras, es la pasión que le pone a lo que hace que se deja ver en sus movimientos sobre el escenario de un lado a otro o en como contagia al público. En esta ocasión se ciñó al cuello el cachirulo, que es un detalle muy simple pero que no todos hacen (recuerdo que Mark Knopfler en la despedida de Dire Straits también lo hizo) y sorprendió a todo el mundo en un par de arrebatos en los que bajó donde estaba el público para cantar con la gente. Los guardaespaldas lo pasaron realmente mal sobretodo cuando al cantar “A San Fernando” se decidió a desplazarse por las gradas y por el patio del Príncipe Felipe llegando hasta casi la parte opuesta del escenario pero el público lo vivimos con la máxima intensidad. Por ese momento todos coreábamos enfervorecidos ya sus canciones y las palmas de las manos ardían ya pero el momento más mágico de la noche llego sin duda con “Insurrección” que es un himno que todo el mundo conoce y canta con auténtica devoción.

También me gustó especialmente todo el tramo final, con un buen número de bises, con todo el pabellón ya entregado (impresionante la vista del público cantando desde la última fila en la última grada) a un artista que ante todo da la sensación de ser un tipo corriente y que por eso engancha más, se vuelve más cercano y con el que te revientas la garganta cantando canciones como las ya mencionadas o “Prefiero el trapecio”, “Pájaros de barro” o “Rosa de Alejandría”. Muy Grande Manolo.