En su séptima entrega, «As the Gods Will: La secuela» da un paso más allá en su espiral de crueldad y caos. La serie, que ya se había ganado un lugar destacado entre los mangas de supervivencia más retorcidos de los últimos años, se sumerge ahora en un juego donde la lógica no existe y la cordura se convierte en la única línea que separa al protagonista de la muerte… o de perderse para siempre. Con el «Laberinto de Amano Yaku» como eje, este tomo se presenta como uno de los más oscuros y emocionalmente desgarradores de toda la saga.
Tras pelearse con el mejor amigo de su infancia, Yasuto Akashi decide saltarse las clases. Sin embargo, lo que no se imagina es que justo ese día en el instituto comienzan lo que parecen unos juegos la mar de inocentes… Por otra parte, han reunido a todos aquellos que han faltado a clase para concederles una segunda oportunidad y que completen una serie de juegos mientras sus compañeros intentan salir con vida de la siguiente ronda. Desconcertados por la situación, los estudiantes arriesgarán sus vidas para sobrevivir, aunque eso implique dejar de lado su humanidad.
A estas alturas, la historia ha dejado atrás la relativa simplicidad de los primeros juegos que, pese a su violencia, seguían una lógica clara. Desde que la figura de Mana tomó el control, las reglas dejaron de tener sentido y los juegos se convirtieron en armas de tortura emocional. La serie, secuela directa de la primera parte publicada entre 2011 y 2012, sigue a Akashi y un puñado de supervivientes obligados a participar en pruebas diseñadas por dioses sádicos. En el tomo anterior, ya vimos cómo la manipulación emocional sustituía a la brutalidad física como principal mecanismo de opresión, y este nuevo volumen no hace más que reforzar esa evolución.
El Laberinto de Amano Yaku representa la cúspide de ese cambio. Basado en un demonio celestial que solo dice mentiras, el juego obliga a los personajes a poner en duda absolutamente todo: las instrucciones, sus decisiones e incluso a sus compañeros. No hay verdades. Todo lo que parece seguro es una trampa. En este entorno, el más mínimo error se traduce en muertes brutales, inesperadas, que refuerzan la tensión constante del relato. Akashi, lejos de ceder al pánico, asume un papel central al descubrir las claves del juego, convirtiéndose en el único hilo de racionalidad en un escenario dominado por el engaño.
Pero lo más impactante del volumen no es el juego en sí, sino la evolución —o degradación— de Aoyama. El que fuera el mejor amigo de Akashi (jugando al fútbol eran carne y uña) aparece ahora como una figura rota, vacía, incapaz de comunicarse o de reconocerse a sí mismo. Lo que en otros tomos se resolvía a golpes o estrategias, aquí se convierte en una lucha silenciosa por recuperar la humanidad. Aoyama, totalmente desconectado, es el reflejo más cruel de lo que estos juegos provocan en los personajes. Su descenso no solo afecta al lector, sino que transforma a Akashi, quien pasa de luchar por sobrevivir a luchar por salvar a alguien que ya no quiere o no puede ser salvado. Si el lector sigue la tercera temporada «El juego del calamar» verá similitudes entre el protagonista de esa serie y Akashi. Ambos se convierten en héroes frente a la adversidad.
Vamos ahora con uno de esos dioses despiadados que toman un protagonismo especial: Mana. Aquí termina de consolidarse como una de las antagonistas más desalmadas de la serie. Su control del Kami’s Phone le permite imponer reglas tan arbitrarias como crueles. A diferencia de su predecesor, no busca castigar con justicia divina: busca romper emocionalmente a los jugadores, borrar cualquier atisbo de esperanza, usar la mentira como arma. En sus manos, los juegos dejan de tener propósito para convertirse en una tortura psicológica sin sentido aparente, donde lo único real es el dolor. Y otra novedad: los participantes ya no provienen solo de Japón. Ahora serán recolectados de todo el mundo. Cada vez quedan menos y que hay echar mano de los supervivientes a escala global.
Por supuesto, la fuerza de este tomo también reside en su aspecto visual. «As the Gods Will: La secuela» no sería lo mismo sin Akeji Fujimura que lo borda, el tío. En este tomo despliega un trabajo especialmente intenso, donde la ambientación opresiva del laberinto y la expresividad de los personajes sostienen una narrativa que muchas veces prescinde del diálogo para impactar. Las muertes, como es habitual en la serie, no escatiman en violencia gráfica, pero es en los momentos de silencio donde el horror realmente cala: las miradas perdidas, las lágrimas que no llegan a caer, los gestos mecánicos de quienes ya han dejado de luchar.
Este séptimo volumen publicado por Distrito Manga (formato rústica de tapa blanda y con sobrecubierta) confirma que «As the Gods Will: La secuela» ya no es solo una historia de supervivencia. Es un relato sobre el deterioro del alma, la lucha por no olvidar quién eres en medio del caos, y la carga emocional que supone ver cómo los que te rodean desaparecen, no solo físicamente, sino mentalmente. Akashi, en su obstinación por alcanzar a Aoyama, se erige como símbolo de una humanidad que se resiste a morir, incluso cuando todo a su alrededor clama lo contrario. En definitiva, una entrega magistral, tremendamente divertida, que demuestra que el verdadero horror no está en morir, sino en sobrevivir cuando todo lo que amas se ha perdido.
As the Gods will: La secuela #7
Autores: Akeji Fujimura y Muneyuki Kaneshiro
Fecha de publicación:14-05-2025
ISBN: 9788419686749
Formato: 13,2×17,9cm. Tapa blanda con sobrecubierta
Páginas: 376
Precio: 15,95 euros











Me alegro que te haya gustado. A mí menos que cualquiera de las que he citado, pero no está mal