Siempre he sido admirador de la obra de Pío Baroja. Personalmente, considero que es uno de los más grandes escritores en lengua castellana del siglo XX, pero nunca me preocupé por conocer su biografía, más allá de los cuatro datos necesarios para aprobar la literatura que nos daban en el bachillerato: Pío Baroja y Nessi (1872-1956), nacido en San Sebastián, escritor perteneciente a la Generación del 98 publicó su primera obra en 1900… etcétera. Este libro ha despertado en mí un interés por saber más, no sólo del mítico escritor sino del resto de la familia a la que pertenecía: el clan de los Baroja.

Aunque es muy poco frecuente, en ocasiones se da la feliz circunstancia de que coinciden, en el seno de una familia, dos –o más– hermanos o hermanas dedicados con éxito al cultivo de las artes o las letras. Más difícil todavía es que esta vena creativa afecte a varias generaciones de un mismo linaje, dando lugar a lo que solemos llamar una “saga de artistas”. Este libro pretende recrear la memoria de una de esas estirpes, quizás la más conocida de la España contemporánea, prestando atención a esa esfera íntima y familiar, privada, en la que los sentimientos y las emociones afloran o se reprimen. En definitiva, toda una invitación a que el lector conozca mejor la apasionante historia de este clan y a que lo haga a través de las palabras de sus integrantes, pues nadie mejor que ellos ha sabido describir ese “aire de familia” –nunca mejor dicho– tan único y especial que, durante más de cien años, se ha respirado en el seno de esa rareza de nuestro pasado reciente que han sido –y son– los Baroja.    

En apenas 200 páginas, no llega, Francisco Fuster nos muestra la intimidad de la familia Baroja a través de los escritos y memorias que éstos dejaron, haciendo un análisis, más o menos pormenorizado, del clan secular barojiano. Uno de los aciertos del autor es no realizar un cuadro familiar al uso, es decir, no hace una radiografía familiar llena de aburridos datos, sucesos y anécdotas, por el contrario se empeña en que conozcamos a los miembros del clan por la relación que mantuvieron entre si y la actitud individual con la que cada uno se enfrentó a su familia y a la sociedad que les tocó vivir.

Tratándose del insigne escritor, podemos pensar que estamos ante una monografía de Don Pío, donde el resto de su familia son actores secundarios y todo gravita en torno a él, pero no es así. Todos los Baroja son tratados con igual atención, presentándonos un núcleo familiar complejo con diferentes caracteres, en el que cada miembro tiene ideas y aptitudes propias.

Muy importante en la vida del clan serán las diferentes viviendas que habitarán a lo largo de su vida. La Casa barojiana será el refugio en el que se celebrarán los éxitos y se llorarán las desgracias, siempre en la intimidad, ya fuere en Itzea (Vera de Bidasoa, Navarra) o en Madrid.

Desde “los orígenes del clan”, el padre y la matriarca: Serafín Baroja y Carmen Nessi, pasando por los hijos: Ricardo, Pío y Carmen, llegaremos a los sobrinos-nietos: Julio y Pío Caro Baroja. Todos educados a partir de la más tierna infancia en la necesidad de la lectura como fuente de crecimiento personal, desarrollaron sus capacidades en distinto campos artísticos, la mayoría dejó por escrito sus sentimientos personales y su relación particular y familiar con el mundo:

  “De lo escrito por todos ellos se deduce la existencia de una serie de rasgos que han condicionado la evolución interna de la familia y que, a la vez, han contribuido a conformar esa imagen exterior forjada por quienes, a menudo, los han visto como un grupo extraño y cerrado sobre sí mismo. La organización matriarcal, la soltería de los hijos varones del clan, el afán por el trabajo abnegado o ese gusto por las artes y la lectura del `pater familias’, Serafín Baroja, serían solo algunos de esos valores establecidos por un “credo barojiano” que se articula en torno a una serie de actitudes innegociables: individualismo como forma de ser y de estar en el mundo, liberalismo en todo lo referente a las ideas sobre la sociedad o la política y, por encima de todo, sinceridad y valentía para la crítica como principios capaces de garantizar ese divino tesoro que para los Baroja siempre ha sido la independencia.”

Pág. 14

De entre las cosas que he descubierto con la lectura de este texto y me han llevado a indagar más, merece la pena destacar: la fracasada candidatura republicana a diputado a las Cortes de Pío por el distrito de Fraga (Huesca) en 1918; las ansias de libertad, la sensibilidad artística y emocional, la frustración y la auto impuesta abnegación de “una mujer del 98” como Carmen y el quijotesco y decrepito autorretrato del tuerto Ricardo.

Ricardo Baroja
“Autorretrato”
1933