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Fría, amarga, orwelliana visión de un futuro en el que la mayoría de los nacidos son concebidos in vitro mediante técnicas genéticas convirtiendo a lo que no lo son en auténticos parias sociales. Como en toda la buena ciencia-ficción un guión de trasfondo existencial que invita a reflexionar sobre cuestiones importantes a la vez que te entretiene con un relato de suspense que tiene también hechuras de policiaco. Andrew Niccol, firmante del guión a parte de director, consigue además, gracias a una minimalista pero efectiva producción y a una banda sonora cargada de melancolía, transportarte a un mundo desangelado, deshumanizado, en el que los sueños sólo se pueden lograr si formas parte de la élite, si eres lo que alguien ha decidido que es lo idóneo. Hay que advertir que es una película de tempo lento acorde a la atmósfera que la envuelve pero ante todo un gran título sobre amor, lealtad, amistad y el derecho de toda persona a combatir contra lo que le es impuesto por sus semejantes a espaldas de su esencia como ser humano. Decir además que en el rodaje se conocieron Ethan Hawke y Uma  Thurman, que tiempo después se casarían. Junto a Jude Law hacen un potente trío protagonista. Si la ves recordarás esta frase: “Jamás me reservé nada para la vuelta”.