¡¿Cómo es posible que sea tan difícil encontrar un rincón apacible para disfrutar de un simple libro?! El Arte de Elegir donde Leer retrata, en tono de humor, la realidad diaria que sufrimos muchos de nosotros con la búsqueda de un poco de paz y tranquilidad.

Hace unos días Vic me sugirió que podría acompañar mis reseñas y noticias relativas a los juegos de rol con algún ocasional artículo de opinión. De hecho, números en mano, me señaló que las aportaciones de nuestros colaboradores estaban en una gráfica claramente ascendente y mi línea roja estaba en caída libre. Su ceño fruncido apenas dejaba margen para la discusión. ViaNews es como Ank Morpork: ha coqueteado con muchas formas de gobierno, y ha terminado asumiendo ese tipo de democracia que se conoce como ‘Un Hombre, Un Voto’. Vic era el Hombre, y el Voto era el suyo. (Terry Pratchett ad pedem literae). Las sugerencias de Vic dejan poco margen para la opinión. Es como intentar hacer pasar un elefante por la puerta de un armario empotrado: mejor ni intentarlo. Sonreír, asentir y empezar a trabajar es la decisión adecuada en estos casos.

El Arte de Elegir donde Leer.
Honestamente, no creo que esto fuera lo que Vic tenía en la cabeza cuando me insinuó sutilmente eso de los artículos de opinión pero… ¿acaso alguien no se ha planteado alguna vez la dificultad que tiene el delicado arte de elegir un lugar apropiado donde poder disfrutar placenteramente y sin ninguna molestia de la lectura de nuestros libros, cómics, manuales de rol favoritos? Así que éste es mi artículo de opinión.

Durante mi vida he tenido el placer de conocer a muchas personas, pero pocas de ellas parecidas a mi amigo Paco, un aficionado a la lectura capaz de abstraerse del mundo con una facilidad pasmosa y ponerse a leer un libro de Fritz Lieber en medio de un campo de fútbol lleno a rebosar de un público enfervorecido, en un partido de máxima rivalidad, con el sencillo argumento de que se aburría con lo que sucedía en el terreno de juego. Ni siquiera un gol le hizo levantar los ojos del párrafo que estaba leyendo hasta llegar a la última frase y pronunciar con cierto desinterés “¿cual de los dos equipos ha marcado?”. Este tipo existe, no es una invención, pero es un espécimen singular que no debe servirnos de ejemplo ante el tema que vamos a abordar a continuación, aunque es evidente que Paco es un modelo que todos quisiéramos poder imitar, puesto que muchos aún no sabemos donde tenemos ubicado el botón del on/off y el stand by.

Trabajemos con la hipótesis siguiente: nuestra visita semanal a Gigamesh ha sido muy productiva y volvemos con el bolsillo vacío (como siempre que nos acercamos a esta maldita tienda que agota nuestros recursos monetarios como hace una Barbie cualquiera con Ken) y el magnífico Choque de Reyes en la bolsa de plástico, haciendo compañía a los Ultimates y al Escenario de Campaña de Eberron. Llegamos a casa, abrimos la puerta, saludamos a toda la familia con un susurrado monosílabo y nos lanzamos a revisar nuestra maravillosa compra con la pasión de un hambriento por un pedazo de pan.

1. La sala de estar.
El sofá es un mueble indispensable en cualquier casa. Los cojines nos abrazan tiernamente, su suave tacto nos acaricia la piel, su forma se amolda a nuestra espalda y nos permite encontrar la comodidad absoluta. Pero… (y es que siempre hay un pero) no todo es perfecto. La televisión está encendida y nuestra madre sigue con interés las declaraciones de la joven expulsada de la casa de Gran Hermano. La abuela, agujas de tejer en mano, pregunta en voz alta que es lo que dice la desdichada joven expulsada y solicita que el volumen de la televisión se incremente hasta que su debilitado oído pueda captar la intelectual reflexión de la muchacha. El padre, con el periódico deportivo escondiendo su cara, exclama ofendido por la visión sesgada de la realidad que el entrenador rival tenía de la derrota de su escuadra. Nuestra hermana insiste en enseñarnos el nuevo piercing que se ha puesto en la nariz, con forma de calavera, que hace juego con su camiseta negra y sus medias oscuras rasgadas mientras hace sonoras burbujas con el chicle de fresa que masca sonoramente. Y, finalmente, el pequeño de la casa hace sonar ruidosamente la trompeta de juguete que le regaló la abuela, mientras pasea arriba y abajo por la sala de estar. Ni siquiera el sofá acogedor, ni un mp3 con los cascos perfectamente encajados en las orejas nos permitirán llegar a ese nivel de desconexión mental que nuestro querido George R.R. Martin se merece. Deberemos seguir buscando.

2. El retrete.
Cerramos la puerta a nuestras espaldas, corremos el pestillo hasta que hace “click”… y nos asentamos con delicadeza en la taza de porcelana del señor Roca. Hay silencio (salvo el monótono goteo del grifo de la bañera mal cerrado), hay tranquilidad,… Nuevamente aparece nuestro amigo Pero para echar por tierra nuestras esperanzas. La vida es injusta, sin duda.
Nuestra hermana, que tiene una cita con su novio (un tipo que siempre viste de negro y que tiene el mismo piercing que ella en un lugar muy, muy doloroso. No quiero ni pensar como te hacen el agujero…), exige entrar en el único baño de la casa para acicalarse y adaptar su aspecto a las convenciones sociales imperantes en su grupo de amigos. Eso es, peinar durante un par de horas su melena negra, maquillarse, bañarse en colonia y llenar sus dedos, sus muñecas y su cuello con alhajas metálicas con formas de huesos, calaveras y otros símbolos similares. Detrás llega la abuela que, tras oír los lamentos de la joven expulsada de Gran Hermano, ha sentido un pinchazo en el bajo vientre que no admite esperas. De hecho, siente uno cada veinte minutos cosa que interrumpe de forma periódica la lectura de los Ultimates de Mark Millar y Bryan Hitch, impidiéndonos entender quien demonios son esos “chitauri”. Evidentemente no puede faltar el típico y tópico comentario de nuestra madre, a voz en grito, comentando a nuestro padre que si su hijo se pasa tanto rato metido en el baño “no será por nada bueno, sin duda. O está haciendo cosas sucias o seguro que está metido en asuntos de drogas, que lo sé yo, que lo he oído en el Diario de Patricia”…
Y eso que solamente queríamos leer un cómic… Deberemos retener el apretón para otra ocasión, y esperemos que la vejiga no nos solicite su atención con urgencia. Deberemos seguir buscando.

3. El tren.
Desplazarse desde casa hasta el trabajo es un aburrido trayecto de media hora diaria en los puntuales y eficientes transportes de cercanías de RENFE (aprecie el lector la ironía y el rintintín) junto a un montón de individuos medio despiertos, medio dormidos, concentrados y apretujados como en una lata de sardinas, compartiendo sudores y olores corporales (¿porqué siempre termino debajo de la axila de aquel tipo sudoroso que no se ha duchado y lleva la misma camisa durante toda la semana en lugar de enganchado al lado de la jovencita de pecho generoso?). Si somos afortunados tal vez, con un poco de suerte, si la fortuna nos sonríe, si aquella mañana hemos pisado un excremento de perro,… podremos sentarnos. Eso, claro, tras ejercer de buen samaritano (es que somos algo tontos, fuimos a escuela de pago, y somos los únicos que lo hacemos) y ceder el asiento a la abuelita, a la embarazada, al cojo, al ciego y a un listo que aprovecha nuestra ingenua generosidad para aposentarse en ese asiento al que le habíamos echado el ojo.
Una vez sentados y luchando contra el sueño que nos atenaza, abrimos con sumo cuidado el tomo encuadernado en rústica del Escenario de Campaña de Eberron de Keith Baker, en el capítulo dedicado a los forjados. No debería sorprendernos que dos dulces abuelitas sentadas enfrente cambian sus indiferentes miradas a ojos abiertos como platos de puro terror cuando, cotilleando el libro que tenemos entre manos, distinguen en la portada del manual eso de “Juego de Rol” escrito en mayúsculas. ¡¡Un Juego de Rol!! Si el Diablo en persona se hubiera decidido a escribir un libro en algún momento de la historia, éste hubiera sido un Juego de Rol. Una de las abuelas cuchichea con la otra, señalando sin rubor el libro de Devir, eso de “he oído decir a la Campos, y la Campos siempre sabe de lo que habla, que los que juegan a rol son todos unos psicópatas asesinos”. Ignorar a las abuelitas no es tan difícil, pero no es nada fácil olvidarnos del tipo que está leyendo el manual por encima de nuestro hombro cuando, además, se atreve a pedirnos, con absoluta naturalidad, que no pasemos página todavía porqué no ha terminado de leer el último párrafo. Si somos capaces de ignorar a las abuelitas y al descarado lector tendremos todavía que esforzarnos algo en esquivar aquellos cuerpos lanzados de un lado a otro del vagón, acompañando a los frenazos y curvas bruscas que traza el tren, y que amenazan la integridad física de nuestro valioso e impecable manual. Y si no estamos suficientemente convencidos de la inutilidad de intentar leer en el tren hay muchos más voluntarios dispuestos a ponernos las cosas difíciles: el tipo con el mp3 a toda pastilla que te permite escuchar el último éxito de Falete, el señor que se duerme a nuestro lado y decide que nuestro hombro es lo más parecido a una almohada que puede encontrar en el vagón o la pareja de marujas que deciden comentar a gritos el último episodio de la serie de Ana Obregón y que recuerdan constantemente, a todos los pasajeros, que es una gran actriz que debería haber ganado ya muchos “Oscares” de esos. Deberemos seguir buscando.

De momento, dejamos el resto de nuestra búsqueda del lugar de lectura ideal para una próxima entrega, donde tantearemos la idoneidad de la cama (los ronquidos de nuestro hermano o el sueño serán nuestros peores enemigos), del parque (temed a los niños y a los perros, como Alfred Hitchcock), de la playa (descubrid como la arena se instalará permanentemente entre las páginas de vuestro libro preferido) o de la “dura” jornada laboral (quien fuera portero de una comunidad de vecinos…).