Llevo varios días dando vueltas sobre como afrontar este texto, pues debo reconocer que he sido un devoto seguidor de la obra de Neil Gaiman, tanto en su vertiente como guionista de cómics como en su faceta como escritor de novelas. Devoraba con pasión todo lo que escribía, y la mayor parte de las veces salía más que satisfecho de la lectura. No me había defraudado como autor, aunque reconozco que sus «Mitos Nórdicos» me dejaron algo frío. Pero las acusaciones de agresión sexual que han ido apareciendo en los últimos meses han manchado, de forma difícilmente reparable, al autor detrás de la obra.

La última información acerca del asunto de las denuncias por agresión sexual y conducta inapropiada formuladas por, hasta el momento, doce mujeres en el podcast «The Tortoise» y en un artículo en «New York Magazine» es que la editorial Dark Horse Comics ha cancelado las próximas obras de Neil Gaiman. Por ejemplo, la edición de «Los hijos de Anansi». El mensaje que publicó la editorial en la red social X no dejaba lugar a dudas sobre su posición: «Dark Horse se toma en serio las acusaciones contra Neil Gaiman y vamos a dejar de publicar sus obras«.

El autor de «The Sandman«, «Stardust«, «Neverwhere«, «El libro del cementerio«, «Coraline«, «El océano al final del camino«, «American Gods«, y tantas obras maravillosas, ha intentado sacar importancia a los hechos de los que se le acusa en una nota publicada en su página web con el título de «Breaking the silence«, aunque reconoció errores. Como consecuencia de ello, ya no formará parte de proyectos televisivos en marcha como la tercera temporada de «Buenos Presagios», la segunda temporada de «The Sandman» o la rumoreada adaptación cinematográfica de «El libro del cementerio».

Dicho ésto, soy de la opinión que hay que separar al artista de su obra, al creador del imbécil, del arrogante, del machista, del violador o del racista. Aunque sea difícil, creo que hay que intentarlo. Deberíamos ser capaces de disfrutar de un libro, de una película, de una escultura o de una canción aunque su creador no esté a la altura de lo que significa ser un ser humano en el siglo XXI. ¿Consumir una obra de arte es sinónimo de apoyar al artista que la realiza? Ni mucho menos.