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Todas las películas de vampiros tienen un origen, un modelo de referencia al que rendir homenaje, y ese es el «Nosferatu, eine Symphonie des Grauens» de Friedrich Wilhelm Murnau. Esta película del año 1922 fue, en realidad, una libre adaptación de la novela seminal del género «Drácula«, de Bram Stoker, a la que se cambió el nombre para no tener que pagar derechos de autor. La cosa no les funcionó pues Florence Balcombe, viuda y administradora del legado de Bram Stoker, ganó el juicio contra el estudio alemán Prana Film por infracción de derechos de autor, logró que se reconociese la autoría de Bram Stoker y obtuvo una orden judicial para destruir los negativos y todas las copias de la película. Por fortuna las copias distribuidas y almacenadas por todo el mundo impidieron su total desaparición y hoy podemos disfrutar de ella. Prana Film, fundada por Enrico Dieckmann y Albin Grau (artista y ocultista en una logia berlinesa, que en el film se lo acredita como diseñador de decorados y vestuario), se declaró en quiebra con el fin de esquivar la demanda de Florence Balcombe así que «Nosferatu» fue su única producción.

La película de F. W. Murnau, muda y en blanco y negro, protagonizada por Max Schreck, Gustav Von Wangenheim, Greta Schröder, Georg H. Schnell y Alexander Granach, entre otros, y con un guion de Henrik Galeen nos contaba como el joven Hutter y su esposa Ellen viven felices en la ciudad de Wisborg, hasta que un extraño agente inmobiliario llamado Knock decide enviar a Hutter a Transilvania para cerrar un negocio con el conde Orlok. Se trata de la venta de finca en Wisborg que linda con la casa de Hutter. Durante el viaje, Hutter pasa la noche en una posada, donde lee un viejo tratado sobre vampiros. Cuando llega al castillo, es recibido por el siniestro conde, que se excita de forma antinatural cuando el joven se corta en un dedo. Por la mañana, Hutter amanece con dos pequeñas marcas en el cuello, como un mordisco de un murciélago de afilados colmillos. Una vez firmado el contrato, el joven descubre que el conde Orlok es, en realidad, un vampiro y al verle partir hacia su nuevo hogar teme por su Ellen.

Este clásico indiscutible del cine en general, y del género de películas de terror en particular, se inscribe dentro de los postulados del expresionismo alemán. Este movimiento artístico, llamado así por contraste con la corriente impresionista y caracterizada por su negatividad, se desarrolló durante la década de 1920, y F. W. Murnau, cuyo verdadero nombre era Friedrich Wilhelm Plumpe, fue uno de los creadores más influyentes en el ámbito del cine mudo. Lamentablemente gran parte de su obra se ha perdido y, tal y como hemos comentado con anterioridad, poco le faltó a «Nosferatu» para haber desaparecido también.

Hay quien dice que el vampírico protagonista de «Nosferatu«, interpretado por el actor alemán Max Schreck, representaba a la Alemania desmoralizada derrotada tras la Primera Guerra Mundial, en un estado de incertidumbre y crisis económica, con deseos de venganza y sedienta de sangre. Una metáfora que anticipaba lo que una década más tarde significaría la Alemania nazi para el mundo. La leyenda negra también cuenta que el intérprete realmente era un vampiro y que Murnau le pagó por morder de verdad el cuello de la protagonista en la escena final, y así se explica en la película «La sombra del vampiro» de E. Elias Merhige, donde Max Schreck (interpretado por Willem Dafoe) es un vampiro de verdad y se comporta como tal durante el rodaje. En realidad hay muchas historias y leyendas alrededor de esta película, de manera que casi cien años después de su creación es muy difícil separar la realidad del mito.

Werner Herzog realizó un remake de «Nosferatu» en 1979 con el excéntrico Klaus Kinski como el vampiro que tampoco es desdeñable.

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