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Infravalorado en mi opinión, “Los que no perdonan” es un western atípico cuyo guión, coincidente en cierto modo con “Centauros del desierto” (John Ford, 1956) no sólo describe une época, un estado de cosas, una sociedad, un mundo fronterizo, un choque de culturas, sino también varios conflictos dramáticos más o menos soterrados que tienen que ver con el racismo, el odio, el honor, la familia y también al amor. No fue una de las películas más queridas para su director, que tuvo problemas de postproducción por diferencias creativas con el estudio, ni tampoco para Audrey Hepburn, que se rompió la espalda al caerse de un caballo y sufrió un aborto; en cambio y, quizás por ello y a pesar de que visualmente cuenta con una fotografía muy luminosa, transmite una sensación profundamente agridulce que casa muy bien con un argumento con tensión in crescendo en el que los dos protagonistas (magníficos Lancaster y Hepburn) han de hacer frente a una sucesión de reveses que los colocan al límite. Particularmente es un western que me fascina, una de esas películas con la magia del cine, esa que consigue que te enganches a una pantalla y no te despegues de ella hasta que te terminan de contar la historia.