No es fácil encontrar una obra de autores no japoneses que tenga la sensibilidad innata de la cultura oriental. Hay muchos trabajos de artistas americanos o europeos que imitan y se acercan, que coquetean y se atreven, que seducen a aquellos a los que nos fascina todo lo que nos llega de Japón, desde su sushi hasta la ceremonia del té ‘chanoyu’, desde el inquebrantable honor ‘bushido’ de los samurais hasta las curiosas festividades que celebran la naturaleza, pero casi todos quedan muy lejos, tienen aristas, son demasiado burdos y carentes de sensibilidad. Pero sí, hay excepciones.

Araki Sanosuke, un samurai que se alquila al mejor postor, ha librado una cruenta batalla de la que emerge malherido, desorientado y sin rumbo. Vaga por caminos y bosques hasta que se derrumba cerca de una aldea. Allí le encuentra un grupo de campesinos, aunque solo el joven Suemori decide ayudarle.
Mientras la aldea se prepara para la cosecha del arroz, Sanosuke se dispone a afrontar su última batalla. La vida y la muerte se encuentran en una historia dedicada a la belleza de las pequeñas cosas.

La pasión por el lejano oriente ha seducido a la cultura occidental desde hace doscientos años. Occidente ha caído rendido ante la fascinación del lejano Oriente, desde que se abrieron los puertos de Japón al comercio internacional a mediados del siglo XIX, y millones de niños, jóvenes y adultos de todo el mundo consumen con avidez mangas y animes, comen sushi, udon, sashimi o teriyaki, practican kárate, judo o aikido en academias de artes marciales, aprenden la delicada disciplina del arreglo floral llamada ikebana, destruyen los tímpanos de sus vecinos con el karaoke, visten cómodos kimonos para andar por casa o aprenden el pulcro arte de la caligrafía japonesa y sus complicados kanjis en escuelas oficiales de idiomas.

El influjo de Japón y de China se reflejó primero en el arte y, con el tiempo, se extendió a otros aspectos de nuestra cultura como el vestuario o la gastronomía. Hoy en día su exotismo y sus costumbres siguen ejerciendo una gran fascinación en el mundo occidental y el cine, la literatura o el cómic no dudan en ambientar algunas de sus historias en el archipiélago de las seis mil ochocientas islas.

Son muchos los que se han preguntado acerca de como ha sido posible que la industria cultural de un país que tiene códigos tan especialmente propios y aparentemente inexportables, como los de Japón, haya penetrado tan profundamente en Occidente y a este fenómeno desconcertante lo han llamado ‘japonismo’. Siguen buscando las claves y los secretos que les permitan comprenderlo.

El siglo XVII japonés es uno de los focos principales de atención de la cultura occidental, y empieza con la llegada al poder del primer Shogun del clan Tokugawa, Ieyasu Tokugawa, que decidió gobernar desde su castillo situado en Edo, la ciudad que hoy conocemos como Tokio. Durante este periodo de paz, llamado Edo, se cerró y aisló todo el país a cualquier tipo influencia extranjera, y solo la ciudad portuaria de Nagasaki se dejó abierta al comercio exterior. Este aislamiento despertó la curiosidad de Occidente y cuando por fin, tras la restauración Meiji, los ojos de los europeos pudieron volver a ver los secretos que durante doscientos cincuenta años les habían estado vetados descubrieron cosas tan sorprendentes como el colorido teatro kabuki, los grabados policromáticos ukiyo-e, los castillos fortificados shori, los majestuosos torii de acceso a los recintos sagrados, los jardines zen como manifestación espiritual de su cultura, la delicada ceremonia del té, las poesías haiku, el teatro de marionetas bunraku, los samurais y su riguroso código moral conocido como el bushido, los ronin, los misteriosos y letales ninjas, las geishas, etc…

En el caso de los samurais, su momento más destacado había tenido lugar unos doscientos años antes, en el período Sengoku, entre 1467 y 1568, una época de gran inestabilidad y continuas luchas de poder entre los distintos clanes existentes, y durante la restauración Meiji su luz ya se estaba apagando. La caída del shogunato Tokugawa y el fracaso de la rebelión Satsuma significó su fin, se abolieron sus privilegios sociales y legales, y fueron borrados de la faz de Japón. El 24 de septiembre de 1877 se considera que fallecía el último samurai, Saigo Takamori, abatido por las ametralladoras de la Armada Imperial Japonesa. Cuando los secretos del archipiélago japonés finalmente se desvelaron americanos y europeos, a partir de 1850, el destino de la élite militar que gobernó el país durante cientos de años ya estaba sellado.

La hierba del estío” de los ovetenses Julio César Iglesias y Raquel Lagartos se ubica en un momento inconcreto de la historia del Japón, posiblemente en el período Sengoku o poco después, en el período Edo (si hacemos caso a la breve cita del poeta Matsuo Basho que da nombre a la obra), para contarnos los últimos años del ronin Araki Sanosuke, un hombre sin rumbo ni causa que vende su afilada katana al mejor postor. Herido y desorientado, llega hasta una humilde aldea que se prepara para la cosecha del arroz, donde lo acogeran y curaran sus heridas. Los cortes y las magulladuras, pero también el espíritu herido de un hombre desorientado, que descubrirá que la vida ofrece segundas oportunidades, y que la belleza se esconde también en las pequeñas cosas de la vida. En un arroyo de aguas cristalinas, en la fiesta que celebra la cosecha, en un plato de ramen, en un atardecer de verano sentado en la hierba o en un cerezo en flor. Naturalidad, sencillez, sutileza, austeridad, harmonía y equilibrio, “La hierba del estío” de Julio César Iglesias y Raquel Lagartos es como un haiku, esa poesía tradicional japonesa, breve, que combina versos de cinco y siete sílabas, sin rima, que a menudo se ha asociado con el zen, y esta filosofía a menudo lo ha ultilizado para divulgar su conocimiento. Si tuviese que definir “La hierba del estío” posiblemente usaría estos mismos adjetivos, aunque tampoco sería un error clasificarlo como un ‘western crepuscular’, que suele hablar con nostalgia y toques de romanticismo sobre el fin de una época en el salvaje oeste. Aunque no lo parezca, ambos beben de las mismas fuentes.

Visto aún como algo exótico y lejano, hay muchos aspectos de la cultura japonesa que se han introducido de forma sutil en nuestra vida cotidiana, pero eso no nos convierte en japoneses. En realidad, en Europa somos verdaderos analfabetos de la cultura y la literatura japonesa, a la que vemos como algo extraño, llena de clichés y tópicos, pero si buscáis un cómic que os amplíe los conocimientos y expanda vuestra fascinación por Nipon-koku, “La hierba del estío” es un cómic indispensable. Algunos lectores serán incapaces de profundizar en su historia de ritmo lento cargada de poesía, con un protagonista que dispone de los rasgos que caracterizarán a los samuráis durante toda su historia y que en occidente siempre ha costado entender: orgullo por el nombre, miedo visceral a la deshonra y desdén por la muerte. También la representación de la vida cotidiana en el campo del período Edo japonés, sin profundizar apenas en los usos y las costumbres de los samuráis y los ronin, alejaran a algunos posibles lectores. Otros serán incapaces de apreciar ese estilo gráfico de Raquel Lagartos, sobrio y sencillo, con acuarelas de colores suaves y cargado de pequeños detalles. Pobres, ellos, todos.

“La hierba del estío” es un cómic de autores europeos, pero que perfectamente podrían haber creado en Japón. Una obra que podría haber firmado el añorado Jiro Taniguchi, un libro que podría haber escrito Junichiro Tanizaki o haber convertido en película Akira Kurosawa.

La hierba del estío;
Es todo lo que queda
del sueño del guerrero
Matsuo Basho (1644-1694)

La hierba del estío
Guión: Julio César Iglesias
Dibujo: Raquel Lagartos
ISBN: 8494819267
Formato: 24x17cm. Tapa blanda. Color.
Páginas: 90
Precio: 17,95 euros