Se ha escrito mucho acerca del papel de Francia durante la Segunda Guerra Mundial, aunque los franceses han preferido recordar más su rol como vencedores del conflicto que sus contradicciones internas durante la ocupación alemana y el gobierno de Vichy. Se ha escrito menos acerca de Bélgica, pero la historia de los cuatro años de ocupación recuerda con vergüenza que la administración belga cooperó con el enemigo, pues pensaron que una colaboración limitada con la Wehrmacht sería un mal menor para su país.

Otoño de 1940. Spirou consigue convencer a Fantasio para que se quede con él y no se vaya a trabajar a Alemania. Pero los tiempos son difíciles y el sacerdote que le alquila la habitación amenaza con echarle. Spirou y Fantasio deciden salir a recorrer el país con un teatro itinerante de marionetas, pero nuestro querido Fantasio se enamorará y causará serios problemas a Spirou.

La historia cuenta que a principios de los años cuarenta las calles de Bruselas ya estaban ocupadas por las tropas alemanas que se extendían por Europa sin que nadie pareciera capaz de detener su avance. Los ejércitos ‘boche‘ dominaban Luxemburgo, Bélgica, los Países Bajos y Francia desde 1940, y los belgas habían capitulado tras sólo tres semanas de enfrentamientos, ofreciendo poca resistencia. La mayor parte del país fue liberado por las fuerzas aliadas entre septiembre y octubre de 1944 y, entre abrazos y golpecitos en la espalda, los belgas se congratulaban de la fortaleza de su gente frente a las tropas alemanas que se habían adueñado de su país y elogiaban a los numerosos conciudadanos que se involucraron en la resistencia de forma armada o pasiva contra las fuerzas nazis. Pero toda foto brillante tiene un negativo oscuro, y algunos también decidieron colaborar con los invasores. Muchos más de los que estaban dispuestos a reconocer su culpa. De hecho el apoyo de parte de la población belga le permitió al ejército alemán reclutar soldados para sus ejércitos y también contribuyó a facilitar la persecución de los judíos belgas. Hasta 25.000 fueron asesinados. En 2007, en un informe del Centro de Investigación Histórica y Documentación sobre la Guerra y la Sociedad Contemporánea, un grupo de historiadores concluyó que Bélgica ofreció una «máxima colaboración administrativa» a las fuerzas alemanas.

En otoño de 1940 Spirou y Fantasio malviven en Bruselas. Tal y como nos contó Émile Bravo en la primera entrega de «La esperanza pese a todo«, el botones del hotel Moustique intenta mantener el optimismo a flote enmedio del naufragio y la humanidad en una ciudad ocupada por el ejército alemán, sometida a los avatares del conflicto, y azotada por el hambre y el miedo. Fantasio ha sido despedido de «Le Soir» y sigue siendo el mismo tipo egoista y despistado de siempre, que solamente se mira su ombligo y mete la pata con cada decisión que toma, mientras que Spirou es el modelo del ser humano que quiere seguir creyendo en la humanidad en tiempos deshumanizados, un ingenuo que solo ve el humo mientras se está quemando. Juntos intentan salir adelante sin apenas dinero para pagar el alquiler del pequeño apartamento del padre Philippe, ni para comprar algo que llevarse a la boca. Hay racionamiento, y el tendero ya no fía. Spirou intenta ayudar, a su manera y con los escasos medios con los que cuenta, a todos los que lo necesitan: desde los niños que pierden su pelota hasta sus amigos judíos Felka y Félix, que buscan papeles para esconder su condicion de judíos para no ser deportados.
El terrible destino de los judíos belgas ocupa aquí un papel central. Lo que empieza siendo una simple estrella amarilla cosida en la ropa acabará siendo un tren con destino a Auschwitz-Birkenau, el campo de exterminio de los nazis en territorio polaco. Los belgas aún tienen en su conciencia el destino de más de 25.000 judíos y 350 gitanos fueron deportados de Malinas a Auschwitz, y las manos manchadas de sangre que la historia no olvidará. Tampoco Émile Bravo, que va sembrando la historia de migas que van acercando a los personajes de ascendencia judía al funesto cuartel Dossin en Malinas, que tuvo un papel central en la deportación y fue elegida por los alemanes como punto de salida de sus trenes de la muerte hacia el oeste de Cracovia. Una estrella de David amarilla en la ropa, una Iglesia que miraba a otro lado o directamente colaboracionista, un cartel de «Prohibido pasar judíos» en un parque, un comentario racista por parte de un vecino, una mirada cómplice de otro,… Siniestra complicidad entre belgas, germinada sobre el odio a los judíos. Sí, en Bélgica también echó raíces el antisemitismo, aunque la comunidad judía no era tan amplia como en otros países (unos 60.000 judíos), pero cuando la vida comenzó a depender del racionamiento se agrandó el rechazo, pues rivalizaban por los alimentos y, según los rumores, los hebreos acaparaban las riquezas. Es la Bélgica ‘obeïssante‘ a la que Spirou se enfrenta y con la que Fantasio coquetea, y que la justicia nunca señaló: solo doce personas fueron ejecutadas al finalizar la Segunda Guerra Mundial por la complicidad con los alemanes, aunque el rey belga Leopoldo III fue uno de ellos.

El autor de «La esperanza pese a todo» («L’espoir malgré tout«) es Émile Bravo, parisino de padre español y madre francesa que a principios de los años noventa fundó el estudio colectivo de dibujantes de cómic franceses Atelier Nawak, junto a Lewis Trondheim, Christophe Blain, Joann Sfar o Fabrice Tarrin, y después Atelier des Vosges, al que se incorporaron Frédéric Boilet, Marjane Satrapi y Marc Boutavant. Premiado en varias ocasiones en el festival de Angoulême, en 2008 realizó su primera incursión en el universo de Spirou con «El diario de un ingenuo«, que ubicaba al personaje en un contexto previo a la Segunda Guerra Mundial, como botones de un hotel, el Moustique, frecuentado por estrellas, famosos y por los alemanes y polacos que intentan evitar la invasión.
Bravo construyó la historia de «La esperanza pese a todo» en cuatro álbumes («Un mal principio«, éste «Un poco más cerca del horror«, «El principio del fin» y «Un final y un nuevo principio«), a partir del libro «L’évolution du sentiment public en Belgique sous l’occupation allemande» que el abogado y periodista Paul Struye, miembro de la resistencia belga, escribió con las notas que iba tomando durante la guerra.
Aquí Bravo no evita hablar de nada, y afronta sin tapujos asuntos tan delicados y sensibles como los judíos perseguidos, los colaboracionistas, los niños marcados con la estrella de David, el hambre y el miedo de una sociedad sometida,… Una historia brillnte que combina los hechos históricos y crítica social con dosis de acción, sin olvidar el humor. Ese humor necesario para poder sumergirnos en hechos terribles y ciertos sin ahogarnos.

La segunda entrega de «La esperanza pese a todo» de Émile Bravo finaliza con varias preguntas sin responder (¿qué diablos se esconde tras las actuaciones del guiñol a lo largo y ancho de las escuelas del territorio belga?) y un cliffhanger de órdago que nos aboca, de manera inevitable, a uno de los lugares más terribles de la historia de la Humanidad y símbolo inolvidable de la barbarie: el Konzentrationslager Auschwitz. Un lugar donde, bajo ningún pretexto, la humanidad puede volver. «Arbeit macht frei«. El trabajo te hará libre. Palabras malditas.

La esperanza pese a todo #2. Un poco más cerca del horror.
Autor: Émile Bravo
ISBN: 978-84-17294-81-6
Formato: 24x31cm. Cartoné. Color.
Páginas: 88
Precio: 20,00 euros