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El boom de la novela de intriga histórica tiene sus raíces en «El ocho» de Katherine Neville. Este género, muy mediocre en cuanto a calidad literaria pero que vendía cualquier mediocridad por millares de ejemplares, se basaba simplemente en una combinación de thriller, personajes históricos reales e hipótesis históricas poco fundamentadas, algo documentadas pero fantasías en su mayor parte, e incluso con tintes esotéricos: «El Código Da Vinci«, «La Historiadora«, «La tabla de Flandes«, «La sombra del viento«,… Por mi parte, me niego a poner «El nombre de la rosa» en la misma categoría que las anteriores, aunque algunos se empeñen en situar los ejemplares de Umberto Eco en las mismas estanterías que las otras.
«El ocho» es una historia de intriga y esoterismo centrada en un juego de ajedrez y, que según se contaba, encerraba las claves para dominar el mundo. A partir de esta quimera sin ninguna base histórica, la escritora norteamericana Katherine Neville tejió una trama entretenida a través del tiempo y el espacio, a través varios siglos y tres continentes, en la que las piezas del ajedrez pasaran por las manos de figuras históricas como Napoleón, Robespierre, Rousseau, Giacomo Casanova, Voltaire, Isaac Newton o Catalina la Grande. Una novela que encandiló a millones de lectores de todo el mundo, en treinta lenguas distintas, y que abrió las puertas de las editoriales a un género, el de la intriga histórica, que aún hoy convierte en blockbuster cualquier tontería con una intriga mínimamente tejida.
La protagonista de la historia es Catherine Velis, una aficionada a las matemáticas y al ajedrez que trabaja en una auditoría como experta en informática, que recibe un misterioso encargo: reunir las piezas del ajedrez perdido de la abadía de Montglane, que perteneció al emperador Carlomagno.
Veinte años más tarde Katherine Neville publicó una secuela de «El ocho», «El fuego«, que no alcanzó ni de cerca la popularidad y las ventas de su predecesora.

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