Robin Hobb es una gran escritora de fantasía y en sus dos obras publicadas hemos podido ver cómo es capaz de remozar y revolucionar los cimientos de la fantasía de maneras que no creíamos posible. El segundo volumen de “Las Leyes del Mar” no es sino una confirmación de que estamos ante una escritora especial.

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Desgraciadamente Robin Hobb comete un error en Las Naves de la Locura, ya que dedica las primeras 100/200 páginas a hacer un resumen de lo sucedido en el libro anterior y apenas hace avanzar algo la trama. Si hubiese que hacer una comparación diríamos que la autora parece estar “pescando” a los lectores de nuevo, intentando ganarlos para la trama cuando esto es innecesario; el lector ya estaba ansioso por leer el siguiente libro tras el final de Las Naves de la Magia.

Sin embargo, y superado este escollo inicial, hay que decir que Robb deja atrás los inicios vacilantes del libro para lanzarse a una endiablada carrera por mover en espirales y giros a todos los personajes del libro de forma que nos va llevando de una historia a otra, sin resolverlas nunca satisfactoriamente para un lector que lo único que desea saber es “¿qué más va a pasar ahora?”. Tras la página 300 Las Naves de la Locura te tiene total y absolutamente atrapado sin que quede otra opción que no sea seguir leyendo, hacia delante, viendo cómo Vivacia y Wintrow claudican ante el carisma y el sueño de Kennit de acabar con la esclavitud y de convertirse en rey de las Islas Pirata, o cómo Althea intenta rescatar a Vivaci, Brashen redimirse o el propio Mitonar regresar a su tranquila vida antes de la llegada de los Nuevos Mercaderes y de una inoportuna visita del sátrapa.

Pero entre todas las historias destaca una, la de las serpientes de mar, que viene a ser el nudo central de la historia y que la escritora apenas trata sabedora de que, tras el primer libro, la atención del lector está tan conseguida que puede dejar que todas las demás historias vayan confluyendo hasta ésta, el verdadero leiv motiv del libro: los dragones.
Tengo que reconocer que si bien me ha costado unos meses leerme este libro, y es que el comienzo se hace duro, muy duro, la sensación al final de su lectura no podría ser más satisfactoria e impactante. Naturalmente, y dado que estamos hablando de una trilogía, Hobb se reserva el ofrecernos un final y acaba el libro con el más abierto de los finales posibles. Un final que, cómo no, provocará que el lector esté deseando acercarse a Las Naves del Destino, el definitivo final de esta innovadora saga en la que, esperemos, la autora no repetirá único error de Las Naves de la Locura.

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