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El racismo en los EE.UU. es un mal enquistado en la sociedad que va a costar aún muchos años de arrancar, si es que los norteamericanos consiguen limpiar algun día esta podedumbre que anida en su alma. Es un hecho que han confirmado los lamentables acontecimientos recientes que han acabado con afroamericanos desarmados abatidos por policías de gatillo fácil, pero que se remontan muchos años atrás. De hecho, cuándo el pasado 25 de mayo el afroamericano George Floyd murió asfixiado debajo de la rodilla de un implacable policía blanco de Minneapolis, se desataron por todo el país los peores disturbios raciales desde el asesinato, en 1968, de Martin Luther King. Lamentablemente, las personas de raza negra en los EE.UU. siguen teniendo muchos motivos para salir a la calle a reclamar un trato justo, igualitario, y sin racismo.

En el año 1964, en un pueblo del sur de los EE.UU. donde el racismo está profundamente arraigado y el Ku Klux Klan reivindica violentamente la supremacía blanca, tres activistas defensores de los derechos humanos desaparecieron sin dejar rastro. Este hecho real se convirtió en una película de la mano de Alan Parker, «Arde Mississippi» («Mississippi Burning«) que nos contaba como dos agentes federales, ideológicamente opuestos, Alan Ward y Rupert Anderson, uno veterano y de métodos cuestionables y el otro joven e idealista, trataban de superar sus diferencias de carácter y resolver el caso de James Earl Chaney, Andrew Goodman y Michael Schwerner.

La película de Alan Parker, que se puede enmarcar tanto en el thriller como en el cine de denuncia que ya había explorado en «El expreso de medianoche» con el infierno de las cárceles turcas y retomaría con «Bienvenido al paraíso» sobre los japoneses residentes en los EE.UU. durante la Segunda Guerra Mundial, contó con un reparto de lujo encabezado por unos espléndidos Gene Hackman, Willem Dafoe y Frances McDormand y obtuvo siete nominaciones a los Oscars, aunque solo se llevó el galardón a la mejor fotografía para Peter Biziou.

Y ojo con asentir con condescendencia, que en Europa no estamos libres de culpa: los campos de Lesbos, el maltrato a Open Arms o la valla de Ceuta son algunas de nuestras sucias manchas.

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