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La adolescencia es una etapa muy importante de nuestras vidas, donde cada experiencia suele grabarse a fuego en nuestra memoria, para después ser recordada durante la madurez a la vez con una sonrisa y una lágrima, siempre con nostalgia. Uno de esos recuerdos imborrables pueden ser películas que, en su momento e independientemente de su calidad, se clavaron como un puñal en el fondo de nuestra alma. De hecho cada época tuvo su cine de adolescentes, y en concreto la de los años ochenta se corresponde con la generación de jóvenes espectadores que hoy ya se acerca peligrosamente a los cincuenta. Fue una gran década en cuanto a cine para adolescentes se refiere, y gran parte hay que atribuírsela a la introducción de la clasificación PG-13, para mayores de 13 años, en 1984, que permitió a escritores y directores trabajar con propuestas más maduras para una audiencia joven.

Admiradora secreta” (“Secret Admirer“) del director David Greenwalt, futuro colaborador de Joss Whedon en “Buffy“, es una película de 1985. Es un ejemplo perfecto de comedia romántica adolescente de los años ochenta. Protagonizada por C. Thomas Howell, Lori Loughlin, Kelly Preston, Dee Wallace, Cliff De Young, Fred Ward, Casey Siemaszko y Leigh Taylor-Young, nos contaba como el último día de clase, Michael Ryan recibe una carta de amor anónima, sin firma alguna. Su amigo Roger le convence que la autora de la carta es Deborah Ann Fimple, la chica más guapa y popular dei instituto de la que Michel está enamorado, aunque quizás no debería haber descartado tan rápido a Toni Williams, amiga de Debbie, que a su vez está enamorada de Michael. Para acabar de complicar las cosas una nueva carta de amor anónima escrita por Michael para Deborah y reescrita por Toni llegará a otras manos, provocando otras tantas confusiones.

Admiradora secreta” no es, ni mucho menos, una película de John Hughes, y queda a años luz de las propuestas del director de “Dieciséis velas“, “El club de los cinco” y “La chica de rosa“, pero tuvo su gracia entonces y algo queda aún ahí debajo. Su ADN es ochentero. De pura cepa, desde el vestuario hasta la música, con esos teclados y sintetizadores que contaminaban todas las bandas sonoras de la década. Es cierto que los personajes son estereotipos (Debbie es superficial y creída, Michael es superficial y solamente se fija en el físico de las chicas, Toni es dulce y tímida,…), que el guión es tontorrón y previsible, y que la dirección va en punto muerto y de bajada, pero es un placer culpable para quienes no tienen ningún inconveniente en regresar a esos tiempos felices de su juventud con la nostalgia como compañera de viaje.

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